Paso en falso – Carmen Cisare López

Paso en falso - Carmen Cisare López

Paso en falso – Carmen Cisare López

 

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Mi sobrina Manuela sabía que no tenía posibilidades, así que se lo tomó con bastante calma. Si bien asistía hacía años a la academia de ballet de madame Gurdiev, la danza clásica no era su pasión. El concurso por una beca de estudio en el San Francisco Ballet School había conmovido a todo el alumnado. Madame Gurdiev cerraba la escuela después de décadas. Su estudio, un típico chalet marplatense cuyo fondo había sido ocupado por un salón de espectáculos, ya se había vendido. La vieja profesora destinaba un porcentaje del dinero a cubrir todos los gastos de aquella joven que lo ameritara. El premio estaba reñido entre Ximena y Gloria. El caso no trascendió, pero nos reveló algunas cosas acerca de nosotros mismos y de lo que puede llegar a hacer alguien cegado por alguna pasión. Ganó Ximena. “La gloria no irá con Gloria”, había repetido durante cinco meses Juano, el fidelísimo encargado de la Gurdiev que mantenía impecables las instalaciones de la escuela y hasta cosía y pegaba zapatillas de baile. Por eso, cuando un patético resbalón acabó con las esperanzas de esta joven, muchos fuimos los que pensamos que algo tendría que ver ese seguidor incondicional de madame la professeur. Otros allegados de la víctima apuntaron hacia la madre de Ximena, una mujer insoportable, a la que le daba lo mismo si su hija triunfaba en ballet, en surf, o si salía Miss Bikini 2017… Lo que fuere con tal de alcanzar el estrellato. Unos más señalaron a la mismísima madame Gurdiev, cuya marcada preferencia por las alumnas que se habían formado íntegramente en su escuela era notable, y unos pocos cándidos atribuyeron el accidente a la mala suerte.

Mi hermana mayor, Genoveva, tuvo en sus días coqueteos con la danza, pero ahora el único arte que practica es el canto lírico bajo la ducha. El accidente del concurso le había llamado poderosamente la atención. Mi hermana no había acompañado a nuestra sobrina porque en los últimos tiempos las salidas recreativas, según sus palabras, “le eclipsaban el ánimo”. Excusas. Pienso que con ese clima de porquería le dio pereza: el viernes del concurso, la noche marplatense estaba como para encerrarse a ver películas en pijama.

—¿Imelda sigue siendo la pianista de la escuela? —preguntó Geno mientras se calzaba los anteojos para ver las fotos que yo había pasado a la computadora.

—Sí, ¿viste qué bien que está? 76 años y sigue igual que cuando éramos chicas.

—Ajá, todavía conserva su figura, su figura cilindroide… —Su ocurrencia le provocó una risa explosiva y brevísima—. ¿A qué hora llegó Imelda?

—Un rato antes que el público. Se debe haber empapado, lo mismo que las chicas. De todos modos, adentro estaba calentito. Las chicas se cambiaron, y los espectadores nos fuimos secando.

—Ajá. ¿Quién interrogó a los sospechosos?

—¿Qué sospechosos, Geno? ¿Qué decís?

—Sospechosos. Porque, evidentemente, esto no fue un accidente.

—Bueno, los padres de Gloria se reunieron con la Gurdiev y también con la madre de Ximena…

—Ajá… Veamos. La noche del concurso, Juano pudo habérselas arreglado para dejar un cachitito de cera en el escenario, pero ¿cómo sabía que no se iba a resbalar cualquier otra concursante? ¿Nuestra Manu, sin ir más lejos?

—Genoveva iba y venía por un par de fotos; las miraba, ponía el zoom hasta que la imagen se desarmaba en miles de cuadraditos y volvía a alejarlas—. Según me contaste, la Gurdiev estuvo recibiendo a todo el jurado. Parecía que se estaba por entregar el premio Estrella de Mar. —¿Y la madre de Ximena? Tal vez le puso algo en la zapatilla a Gloria…

—¡Exacto! —me interrumpió Geno—. La clave está en la zapatilla. Sin embargo, la arpía llegó y se fue a reunir con los otros espectadores. No se podía pasar al vestuario—. Con su irritante voz de sabelotodo, agregó:

—Mirá bien esta foto. ¿Qué ves?

—Veo a las chicas, a Imelda, a la Gurdiev, al papá de Yami…

—Ajá. ¿Y en esta? —un ajá más y le daba un tortazo. —Veo al papá de Yami, ¡qué buen mozo! (y no digas ajá). También veo a la abuela de Candela, a mamá, que está gorda como Imelda, y a Imelda. Todos empapados.

—¡Exacto! Mirá otra vez la otra foto y olvidate del padre de Yami, que está fuera de sospecha. En una foto todos tienen sus abrigos mojados. Mirá bien la otra. Después del espectáculo, la gente estaba seca, seca de ver ballet —mi hermana se rió otra vez de su propio chiste—. Pero el abrigo de Imelda tiene una mancha, ¿ves? Esto no es lluvia, sino aceite.

No hay dudas, fue Imelda.

—¿Y el móvil? —Ya hablaba como un detective. —Habrá que preguntarle a Imelda. Nunca lo hubiese sospechado. Imelda, pianista de ballet, había destrozado la carrera de Gloria, que a la primera glissade se había deslizado literalmente, para caer hecha un desbarajuste de piernas y brazos frente a un público atónito. Imelda había llegado a la academia empapada, había entrado al vestuario a pedirles a las chicas que se reunieran para una foto informal. Esos minutos le sobraron para tomar una zapatilla de Gloria y frotarla con la vaselina que usaba como lubricante de las teclas del piano. Lo que Geno vio en la foto fue una mancha de vaselina de la que Imelda no se percató, mojada como estaba por la lluvia. Cuando la vio, ya era tarde, la foto había fijado para siempre la mácula aceitosa del abrigo. ¿El móvil? Nunca le había gustado Gloria, pero, según confesó Imelda después, empezó a odiarla una vez que la escuchó decir que los pianistas acompañantes eran músicos mediocres que no podían alcanzar fama por sí solos. La Gurdiev se entristeció con la revelación de su amiga, se asombró con la astucia de mi hermana y, noblemente, se hizo cargo de la rehabilitación de Gloria… y de su beca.

 

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